reflexion dominguera
Último Domingo de Junio. La panza de burro aún no ha aparecido para joder el resto del verano. Y en consecuencia, una solajera irredenta cae a plomo sobre la ciudad. Me he pasado el resto de la semana currando y soy consciente de que en los tiempos de crisis que corren, eso puede considerarse hasta un privilegio.
Pero ahora estoy debatiéndome en una amarga duda: ¿voy o no voy a la playa?. Apetecer me apetece, pero en cuanto me paro un poco a evaluar las condiciones, tiendo a desistir. Porque lo que me espera en esa cosa que eufemísticamente llamamos "La joya de la Corona", no es precisamente relax y descanso, sino una gimkana para ir sorteando ataques de nervios y apelar constantemente a la paciencia y la calma.
Me iría al sur, pero no me apetece coger el coche y mucho menos pasarme dentro de él una hora de calor y sofocos. La tranquilidad y los mínimos de espacio asequible están garantizados si uno se pone a caminar hacia la punta de maspalomas, pero el esfuerzo es tan ingente que me canso sólo de pensarlo. Así que me pongo a mirar a las canteras, y me lo pienso.
Un domingo de verano en nuestra playa capitalina es un infierno, bien que lo se. Además de uno vivir completamente acomplejado ante la vista de uno de los frentes playeros más espantosos de toda europa, no basta con tratar de no mirar y disfrutar de lo que es la playa en sí. Y no basta porque simplemente, no hay playa. No se ve debajo de tanta gente. Está absolutamente atestada de una población que en pleno derecho de su uso y disfrute se lanza en masa a pasar el día de descanso. No se les puede reprochar. Pero no deja de ser un fastidio.
Lo primero es encontrar un sitio donde uno plantar la sombrilla y la toalla. Difícil, por no decir imposible. Ir desde el paseo hasta un hueco en la arena es un ejercicio de agudeza visual para detectarlo, y de destreza física para alcanzarlo. Lamentablemente además, uno en su licito intento de alcanzar un espacio no tiene otro remedio que ir sorteando cuerpos a los que involuntariamente se les lanza un poco de arena. -"Los siento...perdona....me deja pasar?...disculpe...-
Uno se planta como puede y empieza a ser partícipe -sin quererlo- de tres o cuatro conversaciones ajenas que ni le incumben ni le interesan. El IPod puede ser la solución...pero aislarse acústicamente en un lugar tan concurrido es un error. No tarda en llegar un chiquillo corriendo que te reboza a ti y tu aparato de alta tecnología de esa arena imposible de erradicar en meses. Bien, guardaremos el IPod...
El calor aprieta. El cuerpo te pide un baño. Y uno aguanta la respiracion para poder llegar al agua sin meterle el pie en la boca a nadie. Llegas como puedes y te plantas en la orilla un rato a pensarte si entrar o no...pero no porque el agua esté fría. Lo que te hace dudar es la calidad de la misma, que parece una de esas piscinas de apartamentos populares de los 80. En fin....lo que no te mata te hace más fuerte. Entras poco a poco, pero a medida que vas notando las "nubes" de calor en el agua, aceleras mar adentro tratando de buscar por un lado frescura, y por otro, higiene. Aunque sabes que para salir tendrás que volver a atravesar sin remedio la cortina de detritus que miles de cuerpos van aposentando en las orillas. Te paras un instante y contemplas la playa desde el mar. Y no paras de preguntarte en quien demonios diseñó en los sesenta esos edificios para los que no se me ocurre calificativo más suave que el de "espantosos". Lanzas una lagrimilla aislada y una oración de réquiem por tu playa, y vuelta a la arena.
Sales del agua con el cuerpo cubierto de una mezcla de sal, bronceadores de diversas marcas, orines y mucosidades. Ya te has refrescado, pero ahora necesitas una ducha para sentirte cómodo y limpio. Y la jodiste, porque en las pocas duchas que hay, las colas son directamente proporcionales al hilillo de agua que sale por ellas. Necesitas al menos 10 minutos de espera y luego 15 de aseo para que esa mierda de agua te cubra todo el cuerpo.
Y toda esta pesadilla se va repitiendo durante el tiempo que permanezcas en la playa, con el agravante que significa la subida de la marea, porque si antes pareciamos sardinas en lata, ahora pareceremos la concentración molecular del plomo.
Y me pongo a mirar la bandera azul y me descojono por no llorar. Y comprendo perfectamente que ningún turista europeo se deje ni medio euro por venir a un lugar objetivamente feo y descuidado a batallar con los locales por un hueco en la arena. Así nos va. Pero nos irá peor, pueden estar seguros.
Pobrecita playa. Pobrecitos nosotros.